Quedamos en el aire, en la señal imperceptible y en la idea
de lo incierto.
En la piel que acaricia nadie; a nadie.
Quedamos en las risas que no somos y en la verdad que no
ocultamos.
Ahí quedamos, solos, secos; antes de ser, quedamos muertos.
Y entonces, en una palabra, nos damos cuenta de que estamos solos.
Todos.
Inevitablemente solos.
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