La canícula.
La maldita locura de esta ciudad enferma.
El vapor del concreto que se mete por las narices de todos.
El sinsentido de caminatas sin rumbo, de gritos sin voz. Ruido.
Todos somos un ruido despreciable, humano.
Cuerpos obesos, desnudos, lujuriosos, hambrientos.
Enloquecidos todos se arrancan la carne flácida a mordidas.
No puedo correr, no quiero correr.
Me quedo parado, solo con la música de ésta carcajada enferma también.